Las personas

yo

Huertas del Abrilongo llevaba varios años gestándose como un proyecto para evitar el completo abandono y el olvido de unas huertas que, en su momento, llegaron a ser junto con otras huertas de la zona, la despensa de la ciudad de Badajoz. Pero no fue hasta principios del año 2008, cuando el “destino” se interpuso y “obligó” a que este proyecto se iniciara definitivamente. Las huertas no podían ni querían seguir esperando.

Mi nombre es Javier Piris, y seré el principal responsable tanto del éxito como del fracaso de que las huertas del río Abrilongo consigan superar la situación tan triste en la que se encuentran en la actualidad. He llegado a la conclusión de que ésta será mi responsabilidad y mi destino.

La relación de mi familia con estas tierras y estas huertas viene de antiguo. Ya mis tatarabuelos las cultivaban. Mi madre, Laura, nació y se crió en ellas, y mi padre, Joaquín, las ha cuidado y cuidará siempre.

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"El tío Cardera, que cuidó a mi madre de pequeña"

La Huerta y sus habitantes

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Cuando vengas a vernos tendrás que olvidar, aunque sea por un momento, que todo tiene que pertenecer a alguien. El Abrilongo no tiene dueño. Nunca supo y nunca quiso saber de dónde eran las aguas que recogía, aunque unas hablaban español y otras portugués.

Siempre ha sido el Abrilongo un rio singular. Y no sólo por su carácter fronterizo, sino tambien por su paisaje y especialmente por su paisanaje. Las voces del Mocho, el Malviña, el Antonio,…, aún resuenan por entre los amieros. Del mismo modo que en su momento resonaron las palabras de la Virgen de Chandavila, los ruidos de la casa del miedo, los sonidos silvantes de las bolas de luz que de vez en cuando se dejan ver, los pasos del labisome que ya sólo deja ver sus huellas. Todavía quedan sitios mágicos, porque todavía quedan sitios donde las personas creen en la magia.

Me encantaría tener la capacidad de entender lo que piensa y dice la tierra. No voy a engañar a nadie, aún no la tengo. Para eso hace falta edad y sabuduría, lo que a veces el tiempo soluciona. Cometeré la osadía de escribir lo que creo que podría decir la huerta.

Todavía tengo un vago recuerdo de cuando aún no me llamaban huerta. ¿300, 400 años? quién puede acordarse. Fue entonces duro aceptar el cambio, pero más duro estaba siendo ver cómo poco a poco iba cayendo en el olvido, cómo las paredes de piedra que he sustentado durante tanto tiempo caían y no se volvían a levantar, cómo los árboles morían sin que nadie se despidiera de ellos, cómo las manos que me acariciaban envejecían para no renacer.

Pero el olvido y la soledad no iban a ser mi destino, al menos no todavía. Nuevos aires, nueva savia, nueva sangre corren y correrán, o mejor dicho, andan y andarán por donde viejos aires, vieja savia y vieja sangre ya hicieron camino.

¿Quienes somos? Somos tantos y a tantos olvidaré. Pero cómo podría olvidar a todos esos animalitos lanudos a los que tanto he dado de comer y que tanto me han alimentado; a Boby, su fiel mastín guardián, que tan torpe parece a veces; a Pancho, ese burrito andaluz tan simpático y que todavía no ha aprendido a tirar del arado; al pequeño rebaño de cabras, tan serranas ellas; a la sierra, que tanto me da de beber y que siempre me comenta que todavía no entiende cómo le han puesto el nombre de Matasiete, pues ella, dice, no fue la que mató a aquellos siete lobos; a los olivos, las encinas, los alcornoques, los amieros, que tantas historias tienen que contar; al labisome, que hasta de mi se esconde, ya no se fía de nadie; a Laura, que se crió correteando por estos campos; a Joaquín, su marido, que tanto me ha cuidado durante tantos años; a Javi, el hijo de ambos, que tantos pájaros tiene en la cabeza; y al Abrilongo, mi mejor amigo.